Los emprendedores somos personas impulsadas por pasiones. Vivimos situaciones nuevas, desconocidas, desafiantes, excitantes y problemas. Muchas de estas circunstancias no son previstas. Y en estos escenarios inexplorados y riesgosos es donde surge el miedo.
El miedo está presente en el 95% de las decisiones que tomamos. El miedo es una emoción tanto positiva como negativa. Cuando reaccionamos frente a algo que en ese momento nos está asustando estamos en los casos de un miedo primario. Es positivo. Nos ha permitido desarrollarnos y progresar. Distinto es el caso de la ansiedad, donde nos anticipamos por algo que teóricamente puede suceder. Sentimos miedo hoy, a cuenta de algo que va a pasar (o mejor dicho puede pasar) en el futuro.
Esta ansiedad, o miedo malo, depende muchas veces de las historias que nos contamos a nosotros mismos, o que nos cuentan. Nuestra mente empieza a trabajar. Es un rasgo único de la especie humana. Por lo tanto, como somos emprendedores y sabemos muy bien que somos responsables de la creación de nuestras propias circunstancias, es importante revisar el guión de nuestras vidas. Sencillo.
Preguntarnos “qué es lo peor que puede ocurrir” o “y que” es un ejercicio simple para minimizar las situaciones que nos dan miedo. Muchas veces se sobrevaloran o están basada en argumentos infundados o poco probables. La mayor barrera que suelen tener los emprendedores no es la competencia, los recursos financieros ni la situación económica y política del país. La primera y mayor de las barreras es el miedo.
Ser valiente no significa NO tener miedo. Ser valiente es hacer lo que se tiene que hacer, aunque se haga con miedo.
A continuación, una excelente e interesante fracción del libro “Emociones Extremas” de Hugo Finkelstein:
“Sé que la mayor parte de mis miedos no tiene ninguna razón para dirigir mi vida.
También sé que tampoco pude encontrar los remedios para calmarlos.
Entonces cargo con mis miedos como parte de mi bagaje y suelo olvidarlos en el andén de una estación y encontrarlos en la próxima parada.
Cuando no puedo olvidarlos haciendome el distraido, hablo sobre ellos y, como suelen ser muy vergonzosos, siempre se esconden y nadie me cree que existen.
No termino de nombrar la palabra miedo y ya me hablan de coraje. ¿Qué tendrá que ver el uno con el otro?
A veces le tengo tanto miedo a que algo pase que apuro los pasos para que ocurra de una buena vez lo temido.
Otra, confundo el miedo con comodidad y llamo asi a mi vagancia.
Muchas otras descubro mis deseos detras del miedo y me espanto de desear tamañas cosas.
Si no fuese por el miedo habría actuado sin reflexionar la mitad de las veces.
El miedo me protegió cuando confundí su nombre.
Poniendo un “no puedo” a mi omnipotencia y un “no es para mi” a mi absurda creencia de que todo lo podía.
…
Con mas miedos no me hubiera confiado tanto. Hubiese elegido mejor a quien creer. Sufrido y decepcionado menos. Habría, en definitiva, aprendido a escucharlos en vez de combatirlos o suprimirlos.
Así, mis miedos son una de las pocas pertenencias de la infancia que aun me quedan.
Mientras los tenga conmigo, siempre querré tomarte de la mano.
Sin embargo, el alma no conoce esas triquiñuelas de la mente como el miedo, los celos y las culpas.
Con mi alma en paz podré caminar solo, disfrutarte en los encuentros y luego soltarte”.
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